En octubre del año pasado, estando de viaje en Nueva York, descubrí un barrio super especial: Williamsburg. Desde que di el primer paso por este barrio, me envolví en un conjunto de sensaciones indescriptible, no tenía ojos para ver todo lo que sucedía alrededor. Y es que en este barrio conviven comunidades de vecinos tan dispares...es tan receptivo caminar por la calle rodeado de gente tan distinta pero que comparten tantas cosas en común. Y es que en este barrio la gente es única, y su atmósfera también.
Sus calles están repletas de bicicletas de todo tipo y colores y sus paredes se tiñen de mosaicos y pintadas hechas por artistas callejeros, pero no cualquier pintada, recatadas y cuidadas al mínimo detalle, envolviendo al caminante en una onda de optimismo sin igual; a pie de calle se extienden puestos de libros de todo tipo de literatura, a precios irracionales, donde llamarlos 'gangas' se queda corto; las escaleras oxidadas de emergencia, de planta a planta, en edificio si y edificio también, dan un aspecto al lugar inigualable, muy 'underground', muy 'cool'; y es que encontrarse con una enorme caravana con un jardín encima, improvisado bar-restaurante, para tomar un par de copas una tarde cualquiera le gustaría a cualquiera!
En este barrio se combinan múltiples opciones de ocio: galerías de arte, donde jóvenes con un gusto exquisito, se abren paso en la moda, juntándose en mercadillos dentro de edificios abandonados para vender prendas únicas, hechas a mano, creadas a conciencia por obra de la originalidad; salas de conciertos de música indie y rock, con grupos internacionales, muchas veces organizado por obras benéficas, venta de artículos y de entrada libre o por medio de compra de copas/cervezas al precio que el cliente quiera o pueda pagar... parece mentira entrar a sitios así y ver el buen rollo que se respira en estos garitos; restaurantes de todo tipo, del refinado italiano al exótico tailandés, del puesto de perritos a la cantina mexicana, de la hamburguesería americana al exquisito vegetariano...