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Faro Cabo Mayor

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51 opiniones sobre Faro Cabo Mayor

Faro Cabo Mayor

El faro de Cabo Mayor, símbolo de Santander, tiene su origen en una solicitud de los comerciantes de la ciudad, que en 1776 estimaron que era imprescindible para el desarrollo del puerto, pero su construcción se demoró hasta 1839, año en que se inauguró la esbelta torre de 30 metros de altura, que sitúa su plano focal a 91 metros sobre el nivel del mar.

La óptica estaba formada por 8 lentes, con 100 espejos superiores y 60 inferiores, y un mechero de aceite con 3 mechas concéntricas.

En las pruebas del faro para medir su alcance real se usó el vapor Mazepa. Dice el derrotero que “para examinar a cuánta mayor distancia puede verse por su fuerza de luz, salió el Capitán del Puerto con el buque a vapor Mazepa y se desatracó de la costa a rumbo directo, midiendo escrupulosamente la distancia navegada hasta perder de vista la luz desde las crucetas. Resultó que la luz pudo verse a nueve leguas...".

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Colgados del mar

El faro de Cabo Mayor no es solo el faro, sino sus alrededores. Para los más arreglados, lo recomendable es un paseo por la construcción, del siglo XIX, pero edificado sobre una antigua atalaya que ya se usaba para guiar a los barcos por la escabrosa costa cantábrica. En su base hay un monumento de la dictadura franquista en recuerdo de quienes fueron defenestrados durante la Guerra Civil desde este punto. Cerca del faro se encuentra el bar homónimo, que ofrece a partes iguales unas magníficas vistas del bar y unas notables rabas de calamar.

Para los más intrépidos, merece salirse del asfalto, en la cumbre del Cabo, y arriesgarse a pasear por las verdes cimas de los acantilados. Sin asomarse mucho al borde, uno puede disfrutar de la bravura del mar y de unas vistas de 270º. También asomarse a las calas turquesa donde aquellos más arriesgados que nosotros bajan trepando para bucear y ser premiados con los frutos del mar.

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El mar que atrae con su aroma, su color y su tronar desde todos los tiempos.

Supongo que el mar Cantábrico en Santander ha de ser igual que todos los mares del mundo, algunos más calmos, otros más turbulentos, algunos más azulados, otros más verdosos y quizás más oscuros, algunos más cálidos y otros más fríos, pero absolutamente todos los que dan sobre los acantilados tienen un encanto especial y extraño.

El mar embravecido hacía trepidar sus olas rompiendo contra las inmensas rocas o con la mansa calma de las que espumosas transcurrían entre las piedras apenas besando el césped de alguna de sus orillas. La tarde era fría, gris y a ratos lluviosa pero, sin embargo, los amantes del mar con su cazadora puesta, canasta y caña en la mano descendían haciendo cabriolas entre las rocas para acercarse a “ese lugar”, ese que les proveyó las sardinas u otros peces del aquel día en que regresó a casa y dijo “hoy tuve suerte”.

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