Desde el hotel, la Fundación nos venía muy cercana. Cruzar la Plaza de España y ya en la calle Berna se encuentra la institución.
Las instalaciones son modernas y muy espaciosas. Unos jardines muy bien cuidados y muy bien diseñados.
Gulbenkian era un magnate del petróleo de origen armenio, nacionalizado británico y que se refugió en Portugal durante la II Guerra Mundial. A su muerte en 1955 legó toda su colección a este país en forma de una fundación, localizada en su antigua residencia.
Según la lápida que figura en el hall del Museo, consideraba a todas sus obras como sus hijas y su buena conservación era una de sus mayores preocupaciones, ya que representaban cincuenta o sesenta años de su vida, a lo largo de los cuales las había reunido, a veces con numerosas dificultades, pero siempre guiado por su gusto personal y habiéndose dejado aconsejarse.
Tiene colecciones muy interesantes donde destacan la sala de objetos de Egipto, las estatuas romanas, monedas griegas y artes islámicos. Así mismo también tiene arte oriental y su destacable capítulo de pintura europea, donde brillan las escuelas flamenca y holandesa de Rubens y Rembrandt, la escuela inglesa con Gainsborough y Turner y la escuela francesa con los no menos importantes Monet, Degas y Renoir.
En escultura hay que resaltar las obras de Rodín que posee el Museo.
Pero para nosotros, amantes de los objetos de vidrio, la parte más interesante la constituye la colección de objetos de este material, donde destacan sobremanera algunas piezas de origen egipcio y una decena de lámparas islámicas extraordinarias.
También se pueden apreciar algunas obras realizadas en cristal de roca.
Otra de las salas del Museo está dedicada a diseños realizados por Lalique, con su inconfundible libélula. Las salas de China y Japón muestran piezas realmente excelentes.