Es un ingenio cuanto menos sorprendente. En lugar de acomodarse bajo el mar se levanta un par de metros sobre la tierra, flotando por una veintena de chorros de agua que dan forma a una original fuente que da paso al puerto de Cartagena.
Isaac Peral. Su nombre me hace recordar que hubo grandes hombre en este país antes de que llegara el deporte.
Tengo tantas cosas que preguntarte, tanto que responder. Nos encontramos frente al mar, en un Mac Donald. Lo siento, pude usar una licencia poética, hablar de aquella cafetería elegante y antigua... Pero era un MacDonald en pleno paseo marítimo. Nos sentamos. Me cuentas cómo te va. Te miro y apenas reconozco a quienes fuimos.
Te regalo un submarino. Me dices. Y yo lo quiero. Lo quiero para zambullirme en lo que realmente estás pensando ahora que me tienes delante tras siglos de ausencia.
Pero te levantas y abandonamos no aquel café bohemio, sino el refresco gaseoso y encartonado, para acercarnos, un poco más allá, a un submarino de verdad.
Me siento inculta, por no saber que Isaac Peral no es una calle de Madrid sino un paisano de Cartagena que debió ser ingeniero el siglo pasado. Por no saber que allí esta aquel submarino suyo, que ahoga nuestras risas durante un rato, mientras nos fotografiamos, leemos los carteles y contemplamos, frente a él, como quien ya no necesitara descubrir secretos y desvelar océanos, el mar desde Cartagena.