Desde muy peqña he pasado los mejores veranos de mi vida en un pequeño rincón de Mallorca que mucha gente desconoce... Se caracteriza sobretodo por la tranquilidad que hay en sus grandes
playas y pequeñas calas salvajes como Sa Canova y Na Clara. Las Rocas quietas bañadas por una luz cálida y rodeadas por el verde de olivos, encinas y pinos.
Un tramo litoral mallorquín aún intacto en Artà.La presencia de las montañas aquí resulta magnética, y desde cualquier lugar de la colonia parece que pudieras tocar el macizo del Llevant con las manos.
Las playas salvajes que rodean la colonia, a las cuales se accede únicamente en bicicleta, deleitan por su tranquilidad; su soledad en pleno mes de agosto y sus características evocan un ambiente que parece transportarnos a los años cincuenta, como si el tiempo se hubiera detenido. No hay nada que nos lleve a pensar en el siglo XXI.
El color de sus aguas, la quietud de sus rocas, el color de la luz conforman ese lugar de una Mallorca aún intacta.
El sol dorado se refleja en la piedra de Marés, creando un paisaje encantador que se mezcla con el sabor de las ensaimadas, o de la sobrasada, el olor intenso de los higos y del hinojo marino en el camino a Ca los Cans.
En la playa de Sa Canova dibujas cada atardecer, sin darte cuenta, en la arena, la sonrisa de tu amado. Y por la noche cuentas hasta cansarte los miles de estrellas que cubren el cielo, uniéndolas mentalmente para formar constelaciones, o descubres desobedientes estrellas fugaces.
Simplemente una multitud de sensaciones y sentimientos que me acompañan al pensar en este lugar tan precioso y desconocido por la gente, que hace de él un lugar encantador y especial.