Una profesora rumana me dijo una vez que para conocer una ciudad era esencial conocer su cementerio. Mientras los demás la tomábamos en broma, ella fue explicándonos cómo era aquella última residencia de muchas ciudades que había visitado.
El gusto por la lápida me pareció un tanto macabro, pero reconozco que de las cosas que más me sorprendió en el viaje a Praga fue el barrio judío y, dentro del gueto, su cementerio.
El hecho de que las lápidas estén tan pegadas unas a las otras tiene dos motivos esenciales. El primero, que los judíos no mueven los huesos, creo que en señal de respeto por los difuntos. Y, en segundo lugar, porque las tierras colindantes a los terrenos de su cementerio eran de cristianos y no querían vendérsela a los judíos para expandir su cementerio.
Me llama la atención que los judíos no dejen flores, sino pequeñas piedrecitas en las tumbas. Aquí hay ilustres personalidades del judaísmo y se nota que las visitas no deben ser sólo turísticas como la nuestra, sino que hay quien llega atraído por la inmortalidad de lápidas ilustres y el recuerdo de un pueblo masacrado.