Faro de Ponta da Piedade
El Faro de Ponta da Piedade, en Lagos, fue construido entre 1912 y 1913, entrando en servicio el 1 de julio de 1913. La lámpara original era de petróleo; en diciembre de 1923 la luz pasa a ser de ocultaciones, con una cadencia de 2,5 segundos cada 69,5 segundos.
En 1953 el faro fue electrificado con grupos electrógenos, y se sustituyó la lámpara de petróleo por una eléctrica, con un alcance original de 15 millas, que aumentó posteriormente a 18 y finalmente a 20, el alcance actual
Fue completamente automatizado en 1983.
El faro tiene como peculiaridad estar flanqueado por dos enormes palmeras, y la zona en que se ubica, a unos 2 kilómetros de Lagos, es muy visitada por sus acantilados y cuevas horadadas por la acción del mar.
Localización: Lagos [37º 04' 47'' N; 8º 40' 07'' W]
Este es uno de los maravillosos lugares de Portugal donde habrá que volver, al menos para zambullirse en sus aguas y visitar cada un de los recovecos que se esconden bajo las moles de piedra y que lamentablemente nosotros solo pudimos ver desde la orilla. La marea estaba alta y asi y todo el paisaje era espectacular, no pude evitar acordarme de nuestra maravillosa "Playa de las Catedrales).
Está a muy poca distancia de la ciudad de Lagos, a continuación de Praia Grande, en una zona nueva y aún no demasiado saturada por las urbanizaciones, se accede por una carretera con su mismo nombre "Ponta da Piedade" asi que no tiene pérdida.
Ya en la zona, en su parte alta, hay algún chiringuito donde tomar una bebida, a partir de ahí comienza el descenso, muchas muchas escaleras hasta llegar al punto "clave". ¡¡La subida es un poco fuerte¡¡ pero merece la pena.
A escasos tres kilómetros de Lagos, por cierto preciosa ciudad del Algarve portugés, se encuentra este maravilloso paraje que según algunos es de los más visitados y fotografiados de Portuagal. En nuestra visita eramos nosotros seis y dos más. Mucho mejor, cuanto menos bulto más claridad.
El coche hay que dejarlo en una especie de aparcamiento en pleno campo. Desde allí siguiendo las indicaciones se llega a una escalera bastante incómoda que te lleva, siempre que se quiera, a un pequeño embarcadero en el que hay unas pequeñas barcas, y nunca mejor dicho, que al verlas piensas si van a ser capaces de soportar el peso y las olas.
A un precio razonable y particularmente yo, que a eso del mar le tengo mucho respeto embarcamos los seis en una de las barcas. El paseo que dura más o menos una hora, si el mar está tranquilo como en esta ocasión, es una delicia.
Durante el paseo vas viendo las más estrañas formaciones rocosas que se han ido creando por la fuerza del mar y del viento. Pequeñas calas solitario van salpicando el tormentoso acantilado.
Una visita muy recomendable pero para efectuar fuera de temporada. Estas fotografías y la experiencia son de las navidades del 2005.