Leo en mi cuaderno de viaje: “La medina de Marrakech no sólo es un desafío para mis sentidos, lo es también para mi poder de comunicar. Porque no sé cómo empezar a contar este universo tan diferente, este mundo medieval por donde desde hace dos días ando perdida. Sé que la sorpresa se me nota en la cara. No hablo, sólo digo todo el tiempo ‘la, chockan’ (no, gracias) a todos los vendedores que se me aproximan. Y camino en silencio. Miro, se me van los ojos detrás de los colores de las madejas de lana recién teñidas, de las antigüedades, de las cerámicas, de las alfombras, de la vestimenta de la gente. Huelo como si tuviera el sentido del olfato exacerbado. A cada paso algo distinto: Especias, verduras, carne, pasteles, olores nauseabundos de las curtiembres, el olor húmedo del agua hirviendo de las tintorerías, el olor a hierro caliente de las herrerías.