Cuando uno pisa la isla de Goree entra en un libro de historia. Pero de historia trágica, triste, de dolor y de olvido. Es la historia de los esclavos africanos, aquellos que se iban y nunca volvían. Se iban obligados a América, a trabajar, sin importar sus vidas. Durante años esta isla fue uno de los mercado de esclavos más importantes del mundo, un lugar de sin nombres, de penas surcando la pequeña superficie de este accidente geográfico a poco más de tres kilómetros de Dakar. Aquí llegaban en barco, encadenados, entraban en una prisión, hacinados en diminutas celdas esperando un barco, un barco que se los llevaría para siempre.
Y esto es lo que cuentan las calles de esta pequeña islita del Atlántico. Apenas tiene dos kilómetros de ancho y miles de histoiras guardadas. Quizás esto la haya convertido en Patrimonio de la Humanidad desde 1978. La descubrieron los portugueses allá por 1440, y desde 1500 a 1850 más o menos fue un mercado de esclavos constante.
Las calles son eso, historia, antiguas como los esclavos, mal conservadas, con el pavimento desaparecido, pero muy vivas, con muchos colores en las casas, como queriendo decir adiós a la tristeza y buscar, por un momento, esa alegría que no cuesta nada. La gente es encantadora, amable y todos te reciben con una sonrisa (algunmos con algo que vender también...). Sus antepasado sufrieron y eso se siente.
Es imprescindible recorrerla entera, cruzar sus calles, ver la plaza en la que en 1992 el Papa Juan Pablo II pidió perdón por lo ocurrido allí.
Hay que subir al mirador, ver Dakar a lo lejos y las calles de la isla desde las alturas.
Uno de los sitios más bellos es el puerto, donde hay un par de barecitos , un hotel que no está muy mal y es barato y bastantes tiendas en los alrededores. Aquí llegan a diario numerosos barcos de turistas para visitar la isla, por lo que también hay mucho vendedor ambulante.
Desde el puerto de Dakar hay barcos todos los días por muy poco dinero. Si no, desde los hoteles se organizan tours en catamarán por un precio razonable.
De verdad que si se va a Dakar no s epuede dejar de ir a esta isla, un lugar quizás único, con una historia desgarradora y con un futuro incierto. Merece mucho la pena perderse por sus calles, mirar las casas, observar a la gente, visitar la casa de los esclavos y sentir, sobre todo sentir y tratar de entender el porqué de muchas cosas.
En el puerto se puede comer bien en el barque tiene terracita antes de partir.
Como dato curioso, además de lo del Papa, aquí se rodó la película de los cañones de Navarone y por la isla hay un par de esos cañones.