Lhasa
Experiencias de los viajeros en El Tibet
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Rodrigo Nieto

El solo nombre del Tibet os lo dice t...

El solo nombre del Tibet os lo dice todo verdad?, os podría contar muchas cosas sobre este bello, mágico y misterioso lugar, pero lo único que puedo deciros es VIVIRLO, experimentarlo y luego quedamos para charlar.

Es uno de los lugares donde he podido contemplar la FE caminando por sus calles, en los ojos de los niños, en las oraciones de los ancianos y en los perros de la calle.

Me emborraché de aquel lugar.

Os cuento un poco sobre esta maravillosa tierra.

En el Tíbet se encuentra el pico más alto del mundo, el monte Everest, haciendo frontera con Nepal.

Se encuentra en un promedio de altitud de más de 4.000 m, con lo que es fácil que os de el mal de altura, a mi me dio y lo que se experimenta son ligeros mareos y alguna náusea, pero se pasa en el momento que vuestros pulmones se acostumbran al lugar.
Eso si os recomiendo que no os pongais a correr porque os quedareis sin oxígeno en un santiamén y es un poco desagradable.

Actualmente, el Tíbet se divide en tres provincias: Amdo (en el nordeste), Kham (la más oriental) y U-Tsang (suroeste).
Su capital es Lhasa y allí podréis disfrutar de uno de los palacios más bellos y majestuosos del Tibet, ex residencia oficial del Dalai Lama, el Palacio de Potala, así como la plaza de Barkhor lugar de oración de muchos tibetanos.

Tristemente pude comprobar que todavía hay mucha opresión debido al régimen comunista y eso es algo que pesa muy mucho a Tibetanos.

A causa de la gran altitud y las duras condiciones ambientales del Tíbet, su gastronomía es muy rica en calorías, proteínas y grasas.

En la lengua tibetana, las palabras acostumbran a ser monosilábicas El alfabeto tibetano proviene de la época del rey Songsten Gampo.
Este rey (el que introdujo el budismo al Tíbet) envió un grupo de eruditos a la India para que estudiaran los textos budistas y los tradujeran a la lengua tibetana.

No os seduce?

Que Buda guie vuestros pasos. Namaste.
Marciano Cárdaba Carrascal

El Everest, Tibet

Lhasa, la capital del Tibet, a unos 3.658 m. sobre el nivel del mar, es una parada necesaria para adaptarse a la altitud. De la ciudad descrita por los viajeros de principios del siglo XX no queda mucho. Todos los nuevos barrios, que ocupan el oeste de la ciudad, son chinos. En el este, el Barkhor es el único barrio que conserva la arquitectura tradicional. Hace frío, llueve por la tarde y el aspecto de la ciudad es decepcionante para las expectativas. La gran plaza frente al Potala es un engendro sin la mínima concesión al espíritu.
El Potala, 117 m. por encima del valle, es enorme, con casi 400 m. de ancho y un fondo algo menor. Si me obligasen a sintetizar, diría que la parte delantera, el palacio blanco, es un palacio real, mientras que la posterior, el palacio rojo, es un cementerio real. Este último es el más impresionante, con salas de ceremonias y de meditación, decenas de capillas y unos cuantos chorten mortuorios de dalais lamas, un par de ellos casi tan altos como la torre de mi pueblo, que mide unos 16 m. Oro, diamantes, perlas, ágatas, turquesas…, impresionante. El misticismo, que encuentro por primera vez, lo ponen la penumbra, los gestos y las postraciones de los creyentes con aspecto tibetano. Los turistas, chinos y occidentales, desfilamos entre atónitos y curiosos, intentando captar las peculiaridades de las cámaras mortuorias en un ambiente de película medieval. En el exterior, los peregrinos que recorren el Barkhor, una parte del antiguo camino sagrado que rodeaba la ciudad, son tibetanos casi en su totalidad. Haciendo girar sus rosarios y ruedas de oración, marchan en comunicación con los dioses.
El centro del budismo tibetano, sin embargo, es el Jokhang. Día y noche está rodeado de gentes y peregrinos que lo circundan en el sentido de las agujas del reloj. Mientras la plaza del Potala es de tránsito ineludible, la del Jokhang está llena de vida a cualquier hora. Dentro del templo destacan la gran sala de columnas rojas y la imagen dorada de Jowo, el joven príncipe Gautama que devendría Buda. Los monasterios de Sera y Drepung también arrastran su historia. El primero apenas lo vimos, conformándonos con asistir a las discusiones teológicas, algo teatralizadas. Casi todos los espectadores éramos turistas. Los temidos monjes policías de antaño son hoy jóvenes quinceañeros que regulan el tráfico humano. Del bombardeo del monasterio por el Dalai Lama a raíz de las revueltas de monjes desde 1945, el guía nepalí decía no saber nada. Drepung, más alejado, y en su época el mayor monasterio del mundo, con casi dos centenares de latifundios, unos 20.000 siervos y 10.000 nómadas bajo su control, sigue conservando también un aire medieval. Los monjes jóvenes debían estar de vacaciones, porque los pocos que vimos allí eran bastante mayores. En los dukhangs, las salas de oración del piso superior, la manteca de yak impregna el ambiente. El desfile de peregrinos que la aportan a las enormes pilas de las salas es incesante. Su fisonomía y vestimentas eran de campesinos tibetanos. Es el lugar donde vimos más grupos familiares khambas, habitantes del Kham, un territorio que no pudo conseguir la independencia y que en 1932 se lo repartieron generales chinos y lamas tibetanos, fijando como frontera el curso del río Yangtse.
La ruta que lleva desde Lhasa al campamento base de la cara norte del Everest, en el Tibet, es conocida como la Carretera de la Amistad, que muere en la frontera nepalí. Hay rumores de que la cerrarán para abrir una ruta alternativa por la que desplazar a los turistas. De momento, podemos recorrerla siguiendo el curso del río Yarlung Zangbo, ascendiendo hasta el techo del mundo, con frecuencia entre las nubes, bordeando desfiladeros y mirando recelosos los precipicios del cañón del río Bhote. Encontraremos lagos inmensos, como el Yamdrok, o glaciares al pie de la carretera, como el Nojin-Kangtsang. Encaramados en puertos de montaña, como el Kampa o el Karola, que sobrepasa los cinco mil, podremos contemplar el Himalaya, las tiendas azules de los nómadas, alguna manada dispersa de yaks y colocar nuestra piedra en alguno de los muchos mani que encontraremos en la morada de los dioses.
En los valles abundan los cultivos de cebada, base del tsampa, su comida tradicional, y de la cerveza, pero destacan los campos de mostaza, vestidos de fulgurante amarillo, cuyas hojas contribuyen a compactar más de una sopa. En Gyangze, orillada junto al río Nyangchu, merece la pena adentrarse en el Palkhor Tschode para contemplar el Kumbum, un chorten lleno de puertas y capillas con bellísimos frescos de mandalas en sus paredes, que conservan la más genuina muestra del antiguo arte tibetano en el centro del monasterio.
En el paso de Yansola, a más de 5.200 m. de altitud, cruzaremos la entrada al parque del Everest. Al caer la noche podemos ocupar un camastro en Tingri o en Rongbuk, depende de lo madrugadores que hayamos sido al emprender la jornada. El monasterio de Rongbuk y el albergue colindante al cenobio es el último núcleo habitado en las cercanías del Everest. El agua caliente es una dádiva que te ofrecen los lugareños en termos descoloridos por el uso. El té es muy compacto y se engancha al paladar, quizá por lo que para nosotros es un exceso de manteca de yak. También hay café, aunque hay que adentrarse hasta los fogones de la cocina para conseguirlo. Es bastante menos áspero que el té.
Somos afortunados porque el día se vislumbra claro. Pasados unos minutos de las nueve de la mañana comenzamos a intuir el Everest y, con la difuminación de las nubes, a contemplarlo por primera vez. A medida que pasan los minutos aumenta la nitidez, que permanece un buen rato, hasta que el gigante vuelve a ocultarse de nuevo entre las nubes. Sólo dos jóvenes japoneses se dirigen a pie hasta el campamento base. Nosotros esperamos a los autobuses eléctricos. No habíamos avanzado mucho cuando paramos para recoger a uno de los dos japoneses, que con la respiración entrecortada se acomodó en el suelo del autobús, junto a la puerta. Apenas veinte minutos y estamos frente al Everest, espléndido, sin nubes. Avanzamos con lentitud hasta el montículo de las banderas de oración, que es el límite hasta el que puedes avanzar sin permiso de escalada; también el de nuestra excursión a la cara norte del Everest. Un jeep del ejército chino vigila que se cumpla la normativa.
Si a primera hora de la mañana la montaña sagrada se nos mostraba brumosa en Rongbuk, una hora después estamos frente a ella y, a medida que el desfile de nubes se disipa, la contemplamos brillante. Resplandece iluminada por los rayos solares. Dada la altura desde la que la contemplamos, la sensación de inalcanzable no es tan intensa, e incluso parece accesible. La imaginación trepa hacia la cumbre por la arista ascendente más visible, que no parece presentar grandes irregularidades hasta el tramo final. Aunque sea la cara fácil del Everest, este último tramo, más vertical, sí muestra claramente un mayor grado de dificultad. Impasible o acogedora, según los ojos con los que la mires, la montaña parece esperar tranquila a quien pretenda coronar la cima del mundo sin ayuda de la imaginación.
Si bien cualquier todo lo conforman siempre todas y cada una de sus partes, comprobamos una vez más que el viaje en sí es más gratificante que el destino. En este caso es la Carretera de Amistad, por la que, entre abismos, asciendes hasta las nubes con el corazón encogido, y por la que, sorteando cataratas y precipicios, desciendes hasta la frontera nepalí, siguiendo el cañón del río Bhote. En Nepal el río sigue su curso entre desfiladeros, y nosotros, camino de Katmandú, continuamos bordeando barrancos durante una buena tanda de quilómetros, sobre una vieja carretera desnivelada peligrosamente por la erosión.
Iñaki Irurre Ortega

Glaciar a 5000 metros

Glaciar precioso que tuvimos la oportunidad de fotografiar.
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