La ciudad de Bamako es ya de por si...
La ciudad de Bamako es ya de por si un gran bazar en el que casi todos sus habitantes tienen algo que vender y en el que cualquier esquina constituye una buena ubicación para improvisar un puesto ambulante. Si embargo existe un lugar en el cual el mercadeo, la compra venta, el intercambio y el trapicheo son los verdaderos protagonistas, estamos hablando del Gran Marche, Mercado Central o Mercado Rosa, cualquiera de estos apelativos es válido para referirse al mercado principal de Bamako que, curiosamente, carece de un nombre oficial.
El Gran Mercado se ubica en la confluencia de la Avenida de la República y la calle Mohammed V, no muy lejos de la Plaza de la República. No llega a ser tan espectacular como “Merkato” en Adis (Etiopía) aunque si rivaliza con él en colorido, aroma y sabor.
Visitar un mercado de estas características te brinda la oportunidad de al menos intentar conocer in situ el espíritu de la ciudad, te permite observar a la gente en su quehacer diario, saber cómo se alimentan, que ropas visten, que joyas, abalorios o adornos les gustan, como discuten, cómo y porqué ríen, si viven deprisa o si son capaces de entablar una interminable conversación con el vendedor de turno…
Apostado con mi cámara en la privilegiada atalaya que forman las galerías superiores del Gran Marche veo pasar la vida de Bamako bajo mis pies esperando captar instantáneas que reflejen lo más fielmente posible todo lo que mis sentidos están captando.
Disfruto observando los coloridos puestos de las vendedoras de especias cuyos llamativos tocados compiten en vivacidad con la pigmentación de sus mercaderías. Me llama la atención la esbeltez de las vendedoras y la preciosa tonalidad ébano de su piel. Desde aquí arriba el bullicio y el ir y venir de público y comerciantes recuerda el ajetreo de una pequeña colmena, caótico pero ordenado.
Abandonamos las galerías superiores y nos sumimos en el marasmo de tiendecitas y puestos, mezclados con la multitud deambulamos entre los vendedores de telas admirando sus bordados, disfrutamos con los puestos de frutas y hortalizas, descubrimos a los vendedores de carne que cortan las piezas con un enorme machete a la par que ahuyentan las moscas, nos embriagamos con el olor a cuero recién curtido, nos sorprendemos con la zona dedicada a los tejedores en la que decenas de jóvenes realizan bordados con viejas máquinas de coser.
El paseo ha sido inolvidable y fatigoso y nos ha entrado hambre así que para matar el gusanillo nada mejor que degustar alguna de las fritangas de los puestos callejeros.
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