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Qué ver en Bamako

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7 cosas que hacer en Bamako

Ciudades en Bamako
Bamako
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Bamako, la capital de Mali, no es una ciudad que impresiona. Es sucia, desordenada, hay mucha gente gritando, agitándose, polvo, hace calor… Pero al final, te deja un souvenir muy particular. Llegué a Bamako con el mítico BK, el tren de Kayes a Bamako, que en realidad viene de la frontera con Senegal. En Kayes, tenía dos opciones: seguir con un bus por una carretera sin asfalto, y tardar seguramente un día y medio para alcanzar Bamako, considerando que había llovido mucho, o tomar un tren. El tren supuestamente iba a salir. Solo quedaban boletos de primera, que corresponde a los peores asientos de segunda de cercanías. Una vez todo el mundo estaba en el tren, nos dijeron de bajar, y que iba a salir al día siguiente. Cuando por fin salimos, tardamos 24 horas en vez de 16, para hacer algo como 800 kilómetros, y paraba mucho el tren, la gente salía corriendo al campo a orinar, subían vendedores con comida, carnitas asadas o agua fría. Por fin llegamos y encontré un lugar de religiosas misionarias, que tienen como un hostal para viajeros, dicen que es el lugar más seguro y limpio para quedarse. Bamako no tiene muchas cosas fascinantes que hacer, más que mirarla. Impregnarse de su ritmo, de su música, sentarse en la calle a comer con la gente, que te suele invitar a las fiestas de calle, cuando hay una boda o un bautizo, no dudes en participar.
Ríos en Bamako
Río Níger
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El río Níger es el tercer río más largo del continente africano, después del Nil y del Congo. Empieza por Guinea, luego cruza Mali, Níger, antes de echarse en el océano Atlántico. En Mali, tiene una función muy importante. Con el pésimo estado de las carreteras, o su non existencia en ciertos lugares, el la única vía de comunicación y de negocio entre los pueblos. Pasa por Bamako, Ségou, Mopti, Djenné, Gao y la mítica Tombuctú. En un país que padece mucha sequía, sirve para lavarse, lavar la ropa o los utensilios de cocina, los niños vienen a jugar y a bañarse, y lo usan para las irrigaciones y la cultura del arroz. En varias ciudades, como Mopti o Djenné, te ofrecerán ir a dar un paseo por el río. Los más aventureros pueden llegar hasta Tombuctú en barco, que son 5 o 6 días desde Mopti. El barco de llama “pinasse”, y este término incluye desde la barca del pescador que te llevará con 2 o 3 personas más, hasta las inmensas lanchas llenas de pasajeros y mercancías, animales y reservas de agua, que puedes usar también, pero nada te garantiza cuándo ni cómo llegarás. Lleva siempre un pareo para abrigarte del sol, el agua suficiente para un día completo por lo menos, el barco hace etapas por el río, pero pocas. En fin, si te corre prisa, ve a Tombuctú en barco, y vuelve con un bus, con la corriente se tarda más.
Mercados en Bamako
Mercado de Bamako
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La ciudad de Bamako es ya de por si un gran bazar en el que casi todos sus habitantes tienen algo que vender y en el que cualquier esquina constituye una buena ubicación para improvisar un puesto ambulante. Si embargo existe un lugar en el cual el mercadeo, la compra venta, el intercambio y el trapicheo son los verdaderos protagonistas, estamos hablando del Gran Marche, Mercado Central o Mercado Rosa, cualquiera de estos apelativos es válido para referirse al mercado principal de Bamako que, curiosamente, carece de un nombre oficial. El Gran Mercado se ubica en la confluencia de la Avenida de la República y la calle Mohammed V, no muy lejos de la Plaza de la República. No llega a ser tan espectacular como “Merkato” en Adis (Etiopía) aunque si rivaliza con él en colorido, aroma y sabor. Visitar un mercado de estas características te brinda la oportunidad de al menos intentar conocer in situ el espíritu de la ciudad, te permite observar a la gente en su quehacer diario, saber cómo se alimentan, que ropas visten, que joyas, abalorios o adornos les gustan, como discuten, cómo y porqué ríen, si viven deprisa o si son capaces de entablar una interminable conversación con el vendedor de turno… Apostado con mi cámara en la privilegiada atalaya que forman las galerías superiores del Gran Marche veo pasar la vida de Bamako bajo mis pies esperando captar instantáneas que reflejen lo más fielmente posible todo lo que mis sentidos están captando. Disfruto observando los coloridos puestos de las vendedoras de especias cuyos llamativos tocados compiten en vivacidad con la pigmentación de sus mercaderías. Me llama la atención la esbeltez de las vendedoras y la preciosa tonalidad ébano de su piel. Desde aquí arriba el bullicio y el ir y venir de público y comerciantes recuerda el ajetreo de una pequeña colmena, caótico pero ordenado. Abandonamos las galerías superiores y nos sumimos en el marasmo de tiendecitas y puestos, mezclados con la multitud deambulamos entre los vendedores de telas admirando sus bordados, disfrutamos con los puestos de frutas y hortalizas, descubrimos a los vendedores de carne que cortan las piezas con un enorme machete a la par que ahuyentan las moscas, nos embriagamos con el olor a cuero recién curtido, nos sorprendemos con la zona dedicada a los tejedores en la que decenas de jóvenes realizan bordados con viejas máquinas de coser. El paseo ha sido inolvidable y fatigoso y nos ha entrado hambre así que para matar el gusanillo nada mejor que degustar alguna de las fritangas de los puestos callejeros.
Calles en Bamako
Calles de Bamako
Con las primeras luces del alba las calles de Bamako se llenan de vida, abandonan el aspecto fantasmal, solitario y triste en el que se sumen cuando se oculta el sol y el bullicio ensordecedor de cientos de motocicletas, pequeñas furgonetas y destartalados automóviles inunda las grandes avenidas dando la bienvenida a un nuevo día. El paisaje urbano de la capital es encantadoramente caótico, vehículos a motor, peatones y vehículos de tracción animal compiten por llegar indemnes a su destino esquivándose entre ellos con gran pericia, este intenso tráfico provoca que se eleve a la densa atmósfera de Bamako un fino polvillo rojo que procede de las mismas calles en su mayoría sin asfaltar. Al igual que el polvo rojo, los charcos son una constante en las calles de la capital, charcos que se forman con los vertidos de las alcantarillas no soterradas mezclados con los aceites de los vehículos a motor, con los orines de los animales y por supuesto con el agua de lluvia. Sin embargo la ciudad resulta atractiva, los tocados multicolores de hombres y sobre todo mujeres irradian optimismo, alegría, ganas de vivir, lo cual no deja de ser curioso en una sociedad en la que la esperanza de vida no alcanza los 45 años. Niños y niñas famélicos y desnutridos, vestidos con harapos inundan las calles de la capital buscando fortuna con la venta de “cachivaches” aparentemente inútiles o mendigando a los turistas. Sin embargo en sus rostros se dibuja una sonrisa tan franca y desprenden una aparente felicidad tan incomprensible para nuestra mentalidad occidental que es imposible no pararse a juguetear con ellos aunque sólo sea por unos instantes. De los cientos de tenderetes que se levantan por doquier y sin orden aparente en las calles de la capital emanan mil aromas y fragancias diferentes, siempre mantendré que África huele de una manera muy especial y la capital de Mali no iba a ser una excepción, las calles de Bamako parecen serpientes multicolores debido a los llamativos vestidos que lucen sus habitantes, las calles de Bamako suenan a música, la que provoca el tráfico y la que se origina en los callejones en los que aquí y allá se celebra alguna pequeña fiesta que siempre irá acompañada por el son de pegadizas melodías. Todavía recuerdo con cariño la celebración en la que nos vimos envueltos de manera espontánea, se trataba de una boda cuyo desenlace estaba teniendo lugar en plena calle, música, alegría y belleza inundaban el callejón y hacían olvidar la suciedad y pobreza que nos rodeaba. La ciudad de Bamako es un gran bazar en el que cada habitante parece ser un mercader y parece tener algo que vender, la ciudad de Bamako es vida en uno de los países más pobres del planeta.
De interés cultural en Bamako
El viejo Alfarero Bambara
Abandonamos la pista de asfalto que nos lleva desde Bamako a Ségou y nos dirigimos hacia ninguna parte circulando por polvorientas pistas de tierra roja en busca de pequeños poblados Bambara deseosos de bucear en el verdadero espíritu de este pueblo de origen Mandé. Dejamos a uno y otro lado de la pista pequeñas aldeas formadas por grupos aislados de graneros y casas de adobe cuya planta es habitualmente de forma rectangular. La sequedad del terreno, en las áreas alejadas de la ribera del Níger, apenas si permite una agricultura de subsistencia en la que el mijo, el arroz y las habichuelas pugnan por salir adelante cada estación. El sinuoso perfil de las mezquitas es indicativo de la religión “oficial” de este pueblo, aunque los Bambara desde tiempos inmemoriales son fervientes seguidores de las corrientes “animistas” en las que la creencia en espíritus, la magia, la cosmología, los sacrificios animales y los ritos ancestrales son los auténticos protagonistas. Decidimos hacer un alto en el camino y elegimos para ello un poblado de tamaño medio; apenas hemos descendido del vehículo cuando decenas de chavales vestidos con harapos se abalanzan sobre nosotros deseosos de tocarnos, de asirse a nuestras manos, de sentir nuestro calor, no buscan la limosna del turista pues no están aún “maleados” por nuestra falsa compasión. Sus rostros dejan ver la sincera alegría por nuestra llegada mezclada con una expresión de hambre mal disimulada, nos enseñan con orgullo su pequeña escuela y nos escoltan hasta una oscura cabaña que desprende a través de una pequeña chimenea una densa nube de humo. Los chavales no pasan del umbral de la puerta y en un rudimentario francés nos presentan al personaje en cuyo rostro se refleja el fuego de la fragua, se trata ni más ni menos que del viejo herrero… Ayudado por un joven discípulo que parsimoniosamente, e ignorando nuestra presencia, aviva el fuego, el viejo herrero, sin levantar la vista de su quehacer nos sonríe mostrando sin reparos las arrugas que surcan su rostro…arrugas que marcan toda una vida de esforzado trabajo en la fragua, arrugas que dejan entrever algo enigmático en su personalidad. Según avanza nuestra conversación descubrimos que el viejo herrero es el personaje más respetado de la aldea, herrero, mago, referente espiritual, las gentes acuden a su cabaña no solo para reparar sus escasas pertenencias sino para encontrar consuelo en sus atormentadas almas o en su mala fortuna…. Escuchamos con atención sus relatos sobre las fuerzas de la naturaleza y los “espíritus” que las dominan, habla con vehemencia y respeto sobre el Sol, la Luna, las estrellas, las montañas, los ríos, mares y los árboles. Nos cuenta como los muertos se aparecen a los vivos en forma de animal Mago, hechicero y herrero, compagina su trabajo mundano y terrenal en la fragua con su faceta más espiritual ya que es el responsable de dirigir del culto a los ídolos, celebrar sacrificios de pequeños animales cuando la ocasión lo requiere y también, como no, es capaz de predecir el futuro. Nos despedimos de la aldea igual que llegamos, agasajados por una marabunta de pequeños, ruidosos, juguetones, cariñosos y hambrientos mozalbetes que se resisten a nuestra marcha… En nuestro fuero interno es difícil no sentir cierta pena por estas criaturas, hemos convivido por unas horas con el hambre, la miseria y la magia y durante unos instantes el silencio se adueña del vehículo, la música de Salif Keita, mucho más audible en esta ocasión, nos devuelve a la realidad y tan sólo queda en nuestro recuerdo la aparente felicidad de estas gentes, la magia y el tremendo respeto al mundo que les rodea ….
Ríos en Bamako
Ríos en Bamako