Los dos camiones avanzaban lentamente por el Gran Erg. Nuestro destino era el delta del Níger pero para llegar hasta allí debíamos atravesar este gran arenal y cada día nos enfrentábamos a numerosos percances. La puesta de sol era un momento sagrado. Desde lo alto de la duna lo veíamos desaparecer a poniente, aplaudíamos por las imágenes que nos regalaba las cuales se quedaban grabadas en nuestra retina y en el material sensible de las cámaras fotográficas. El grupo era muy heterogéneo pero por suerte cada uno encontraba con quién compartir mejor aquellos momentos. Cuando las sombras invadían el improvisado campamento mis manos se deslizaban sobre una piel sensible, casi tanto como las arenas de aquél frágil espacio. Cada noche nuestros cuerpos se encontraban como para celebrar las experiencias vividas durante el día. Veinte años después aquella persona aún sigue siendo mi compañera. Después de tantas experiencias vividas en aquél y otros viajes hay una frase que quedó gravada en mi mente "el desierto llora por aquellos que no le conocen y los que lo conocen lloran por el desierto"
Fue una experiencia increible, pasamos 2 días en el desierto del Sahara Marroquí en el que conocimos a un grupo de Touaregs y pudimos dormir en su campamento. Estar rodeada esa inmensidad de desierto fue maravilloso.
Si alguien ama el desierto tanto como yo les recomiendo esta experiencia pues no tiene desperdicio.
Para mí el desierto es extraordinariamente bello y puro, a la vez perturbador y mágico. Cada vez que estoy en él, el desierto me lleva a un emocionante viaje hacia mi interior, donde se cruzan la nostalgia, las angustias y las esperanzas.