La placidez de un pequeño pueblo
Altea es un sol que tiñe de blanco todas las cosas, una bahía cerrada en sus extremos por inmensos peñascos de pura roca, un perfecto mar azul, una playa que por conservar su canto rodado sugiere un aire agreste y natural, un largo y pintoresco paseo marítimo salpicado de restaurantes y bares, y su maravilloso pueblo viejo, el “Rabal de la Mar”, el que ha quedado oculto y apretado entre el caserío bajo que le fue creciendo alrededor a través de los años. Uno sabe que está allí porque desde lejos, altísimo, ya ha visto la cúpula azul y blanca de la iglesia de la Virgen del Consuelo, pero el resto parece no existir hasta que uno empieza a subir. Entonces aparecen casas inmaculadamente encaladas, paredones donde asoman buganvillas de un morado subido, jazmines florecidos de intenso perfume enredados en preciosas rejas, calles escalonadas, empedradas, empinadas. Desde una minúscula plaza se ven sólo techos envejecidos, al subir un poco más se llega a otra desde donde ya se ve el mar.
La placidez típica de los pequeños pueblos está instalada en la antigua villa marinera; aunque ya ha comenzado a oscurecer, todavía hay ropa tendida en la calle, bicicletas sin candado olvidadas contra una pared, vecinos de toda la vida que han sacado sillas a la puerta de sus casas para disfrutar del fresco que sube del mar. Este particular encanto se mezcla de manera muy pintoresca con el halo cultural y estético que impregna a la villa. Buscando refugio e inspiración, escritores, pintores, escultores y músicos de distintas partes del mundo se instalaron en Altea en los años sesenta y setenta, provocando la aparición de galerías de arte, talleres de pintura y tiendas de artesanías, además de cierta colorida bohemia que aún hoy ronda por sus calles.
Las mañanas en Altea son esplendorosas, y aunque uno no quiera, se meten por las hendijas de las persianas. Lo que veo desde mi balcón no tiene desperdicio: la noche ha lavado el mar, las sierras, el cielo y la playa y ahora parecen como recién inventados. Bajo al mar, me zambullo, nado paralelo a la costa. El agua está cálida, salada y transparente. Qué formidable sensación. Me seco al sol mirando la línea difusa del horizonte. Un velero navega con las velas henchidas, las gaviotas vuelan rasantes sobre la orilla buscando comida, la costa de grava reverbera blanca bajo el sol del mediodía. De pronto suenan campanas. Repican gastadas, medio desparejas, cansadas, como campanadas tocadas por un campanero que tiene ya ganas de siesta.
"Poble antiq"
Altea es un pueblo pegado al mar... Eso ya lo sabemos casi todos. Pero si de verdad queréis disfrutar de este hermoso pueblo, os aconsejo que os olvidéis de la playa, por lo menos hasta después de haber visitado su "poble antiq" que se dice en valenciano. Es uno de los más bonitos de la provincia de Alicante, si no el que más, sus callecitas, todas encaladas y bien bien cuidadas te transportan al Altea más antiguo y hermoso, aquí tenies una imagen viva de lo que fué la vida en el mediterráneo en los siglos pasados.
Luz, color, aire salado, sol y un cuidado especial y auténtico por lo nuestro. La verdad es que soy de la tierra y no puedo evitar estar medio enamorado de este pueblo, al que me escapo cada vez que puedo, bueno mejor dicho, cada vez que mi gran amigo Alberto se viene desde Madrid a pasar el fín de semana. Por el día, por la tarde o por la noche, da igual, es un placer pasear por este pueblo.
Enamorada de Altea
La primera vez que visite Altea , quise quedarme allí para siempre.
A pesar de estar tan cerca de Alicante, jamas había estado allí antes, y cuando lo vi, me enamore.
Sus calles de piedra, las casas blancas, con las macetas en los balcones.
Esa iglesia, que se vislumbra desde lejos, el ambiente que se respira de tranquilidad y armonía.
De altea, nada que decir, solamente que podría quedarme allí para siempre, por que me atrapo desde el momento que pise ese pueblecito.
Altea es un sitio impresionante.
Una de esas joyas que quedan en el Mediterráneo y que aún no ha sido tomada por el turismo masivo de chanquletas con calcetines. Eso sí, cada día tiene más turismo y en verano ya se llega a saturar. Es un sitio especial con un encanto único, un mar cristalino y una plaza en lo alto que de por sí sola merece una visita. Además, es un lugar especial para tomar algo ,lleno de restaurantes de calidad y de bares de copas.
Vista desde lejos, la vista de la ciudad es imponente.
Siempre vuelvo
Este pequeño y acogedor pueblo de la costa mediterránea es uno de mis rincones preferidos. Afortunadamente, la gran cantidad de turistas que lo visitan durante todo el año, y especialmente en verano, no ha hecho que pierda su carácter.
Por todo el casco antiguo hay muy buenos restaurantes que merecen ya de por sí la visita, y para tomar una copa, en la misma plaza, se encuentra uno de los bares más originales que podáis encontrar: "La Mascarada", ¡decorado con máscaras de todo el mundo!
Siempre vuelvo.
Desde mi montaña
Genial un poco de montañismo para luego recibir unas preciosas vistas del Mediterráneo, recomiendo llevar calzado adecuado, es decir ni se te ocurra ir en chanclas y agua requiere un poco de esfuerzo pero la recompensa es enorme
Pueblo blanco
Precioso pueblo del mediterráneo. Pueblo de artistas incansablemente pintado. Este pueblo tiene algo especial q te embauca, la luz, Su situación, su ubicación.... tiene duende.
Siempre dan ganas de volver a Altea. Recomiendo aparcar en el paseo e ir andando hasta su cúpula.
Vista desde el mirador
Subiendo al pueblo hay un par de miradores. Desde uno de ellos se ve toda la zona de playa y Calpe al fondo.
Todo lo q es la zona de Altea la parte de arriba esta llena de restaurantes y no os podeis perder la plaza con su mirador. Es bonito y romántico.
Las calles convertidas en escaleras,...
Las calles convertidas en escaleras, o las escaleras convertidas en calles van convirtiendo el bullicio y la agitación de lo tópico en un viaje interior.
Un precioso paseo de noche
Cada vez que vengo a Alicante, reservo una tarde para pasear por el centro de este precioso pueblo, ver atardecer en el mirador y perderme en las tiendas de artesanía que te enamoran.
Si te gustan los pueblos calmados, diferentes y las tiendas coquetas, tienes que ir.
Arte pura
Instalaron la facultad de bellas artes por la inspiración que se respira allí, la imaginación fluye con solo mirar esas preciosas vistas al mar, las casas blancas, el suelo empedrado...es espectacular, tiene muchos restaurantes y en verano suelen hacer actuaciones. Os gustara sin duda.
Esto es solo un poco de la belleza de altea
Atardecer de en altea, un pueblo muy pintoresco al lado de el mar, un casco antiguo con una belleza que muy pocos pueblos tienen, en de finitiba lo recomiendo a todo el que quiera hacer unas vacaciones o una simple escapada de la monotonía de la ciudad
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