¿Dónde quieres ir?
¿Te gusta as-Sawirah?
Compártelo con el mundo
Entrar con Google +

Albergues en Essaouira

webs+30
    Buscar
    Habitación Huéspedes
    Noche precio por noche
    Filtrar ()
    ordenar
    huéspedes
    mapa
    Ordenar
    Listo
    OFF ON
    Ver precio total
    0
    0
    0
    0
    0
    0
    0
    0
    0
    0
    0
    0
    0
    0
    0
    0
    0
    0
    0
    0
    0
    0
    0
    0
    0

    Mejores hostales por la comunidad

    Top 1
    essaouira youth hostel & social travel
    Albergues en
    Essaouira
    La experiencia marroquí inevitablemente pasa por picar billetes de bus y pisar las arterias asfálticas magrebíes; del Atlas nevado a una acogedora y pequeña villa pesquera; del flujo acelerado de los mercaderes y zocos de la urbe a la templanza del mar y la costa; del allegro intrépido de Marrakech al adagio de un mercado marinero con oleaje de fondo. Marruecos suena a doble tempo. Essaouira dista 177 kilómetros de Marrakech y se hace esperar tres horas de autocar. La pista, aunque monótona, ameniza cada vez que atraviesa un poblado y se cruzan miradas entre lugareños y turistas. Desde la carretera se ve cómo copan los frontales de las casas pequeñas ventanillas que hacen de mostradores esperando a nadie. Algunas dunas, pequeñas, se intercalan en el paisaje de autobús, que no es sino el intermezzo entre los cambios metronómicos del país. En Essaouira, el acceso a la Medina por una de las puertas que atraviesan la muralla da paso a un nuevo movimiento. Bajo el arco portal comienzan a entrecruzarse calles de suelo gris adoquinado y casas blancas desconchadas con motivos azulados en los cantos y ventanas. La comodidad de una calle espaciosa y sin apremiantes vendedores transmite una tranquilidad equiparable a un desperezo matutino; habíamos dejado Marrakech, donde cada paso por los barrios era una escena rápida y cambiante entre puestos de frutas, especias, turistas y motocicletas achatarradas, donde un despiste suponía una exposición total a la feroz vida de aquella bella multiforme ciudad. Esa relajación posterior al desperezo es exactamente el nuevo tempo: marinero, añil y acogedor. Permite, además, recuperar el espacio personal de reflexión, viajero e introspectivo. Las tiendas, alargadas y con techos altos, quioscos, cerámicas, olores nuevos e informes, carnes, aceitunas y demás mercancías podían ser vistas de forma tranquila y cierto compás. Los tenderos, siempre en las puertas, no jalean al paso y aparecen, curiosamente, las primeras librerías, con ediciones despintadas y en francés, en un meritorio esfuerzo de ser compradas. Chiquillos corriendo entre callejas, algunos con mochilas escolares y todos con ánimos de diversión colorean las escuetas y desgastadas fachadas de las casas y sus sombras. De puerta a puerta se desenvuelven bobinas de hilo de los telares que tejen ropajes femeninos de bodas, con bordados dorados al cuello y que cuelgan en pequeños escaparates. Las calles van menguando a medida que se alejan los conductos centrales, que atraviesan formando cuadrángulos de un lado a otro la Medina y está separado por arcos de piedra rosados. Cada esquina girada estrecha la siguiente vía, hasta alcanzar callejuelas donde el ancho apenas evita el roce de hombros entre viandantes. Explicar tras cuantas esquinas está el hostal sería difícil; cada vuelta del paseo al albergue parecía siempre ser la primera. Aun así, nunca supuso gran problema llegar a él; a veces, se regrese por donde antoje, se intuye que aparecerá tras el siguiente chaflán, y así es. Al final de una estrechez limitada por dos edificios con las piedras a la vista y tan altos que nunca llegaba a iluminarse el callejón, que carecía de salida, siquiera dos palmas separan las entradas de dos hospederías. La puerta del hostal obligaba a agacharse y apenas dar cuenta de la diminuta recepción. Si Mohammed se presentó como ‘Simo’, aunque fue el último día del viaje cuando se desveló que era ‘Simo’ y no ‘Simon’ ‘/Saimon/‘ o ‘Simón’, pues en el lugar parecía usarse siempre un apodo distinto para nombrar al gerente del lugar. Un hombre enjuto, con bigote negruzco, gafas arqueadas y mirada amistosa. Fue de las veces en las que la amabilidad sorprende y era complicado no comparar la insulsa recepción del hostal de Marrakech con la acogedora voluntad de ser un verdadero anfitrión en su casa que mostró ‘Simo’. Orgulloso, muestra el patio central: un espacio compartido por una cocina y barra, mesas, sillas y sofás, al que da cada peldaño de la escalera de caracol y los descansillos de las plantas, con el techo descubierto y el sol como lámpara principal. La estancia se completa con varias habitaciones con literas y un aseo por piso, una escalera que tienta al peligro y una azotea con cocina, tendedero improvisado y pequeño cuartillo de madera con cojines para la siesta. Durante el día, era un sitio tranquilo y sin estridencias. Gran parte de la jornada se hace enredando actividades por el pueblo y a media tarde, ya puesto el sol, van apareciendo viajeros por el patio, narrando experiencias y encontrando en el otro la razón misma del viaje. La cena es compartida y va precedida y proseguida de risas, intentos musicales y algún atisbo de conversación profunda. Jaime, de Sevilla, y Claudia, de Mérida, viven en el hostal desde hace un tiempo y hacen de anfitriones de españoles. Y aunque la acupuntura en el primero y las bellas artes en la segunda son las profesiones, el ukelele y la percusión no lo son menos. Al conjunto musical formado por unos dodecafónicos sevillanos a la guitarra, al ukelele de Jaime y los bongos de Claudia, se unen esta noche de jueves la voz de Marie, una francesa dedicada a proyectos de orientación medioambiental en colegios de Burdeos, y las maracas ahuevadas de Serge, amigo canadiense taxista que viaja tres meses al año y que acaba de traer aceitunas para todos los viajeros del hostal. El resto de los que conforman la gran mesa donde estamos esta noche intentan seguir el descompasado ritmo y, sobre todo, las risas y diálogos cruzados entre todos. La cena, los instrumentos y el lugar se convierten, un día más, en el atrezzo. Cantamos Stand by me, Three little birds, Blowin’ in the wind y demás estereotipados acordes que todos allí sabíamos. Afuera llueve. En el último día en Essaouira el tiempo no acompaña, pero importa poco. El viaje son las personas que conoces, con las que comes, ríes y cantas; los viajeros a los que amas y con los que compartes la vida durante un instante perdido en la costa marroquí.
    Top 2
    auberge du marabout
    Albergues en
    Essaouira
    Otras tipologías de alojamiento