Javier Bautista Ojeda
dijo:
Miguel Angel Garcia
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Antíguamente se creía que el Cabo de San Vicente era el punto más occidental de todo el mundo. Situado en el suroeste de Portugal, resalta por su fuerte viento (ojo al acercarse a los bordes, aconsejo acerlo agachados) y las flores que crecen entre las rocas. Las vistas son impresionantes, ver cómo rompen contra las rocas desde tanta altura no tiene precio.
Yolanda Sanchez Herman
dijo:
Es uno de los lugares más emblemáticos de Portugal, en el Algarve, a 3 km de Sagres.
En 1520 ya existía una luz en el Cabo S. Vicente, en una torre del convento de S. Francisco, ubicado en el mismo cabo. En 1857 el corsario Francis Drake atacó el convento, causando tantos daños que el faro se mantuvo apagado hasta 1606, año en que el rey Felipe II de Portugal y III de España ordenó su reconstrucción.
El mantenimiento del faro era casi nulo, y en 1865 su estado era de casi ruina. En 1897 comenzaron los trabajos de reconstrucción, que duraron 11 años y consistieron en el recrecido de la torre en 5,7 m y un nuevo aparato lenticular de Fresnel de 1330mm de distancia focal, que le da la categoría de hiperradiante, el más grande de Portugal y entre los 10 primeros del mundo, con un alcance de 33 millas.
En 1914 fue instalada una sirena antiniebla, y en 1926 se instalaron grupos electrógenos para sustituir la linterna a vapor de petróleo por una eléctrica. En 1947 se convirtió en faro aeromarítimo y en 1948 es conectado a la red pública de electricidad.
En 1949 se instaló un radiofaro que funcionó hasta 2001, y automatización completa data de 1982.
Localización: Cabo S. Vicente, Sagres [37º01'.28 N; 8º59'.72 W]
Juan Carlos Casas
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Carlosparamio
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Namibio
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Si visitas el algarve portugués, la puesta de sol desde el cabo San Vicente (la barbilla de la península) es una visita obligada.
En verano, el extremo más occidental de Sagres se llena a eso de las 9 y pico de numerosas personas que tranquilamente cogen sitio entre las escarpadas rocas para ver ocultarse el sol.
A pesar de la multitud que rellena los huecos del acantilado, en los momentos previos a la desaparición del sol, que dura segundos (!), el silencio es brutal.
Cuando el sol, de color rojizo, se esconde por completo, una oleada de aplausos se funde en la inmensidad del Atlántico. Impresionante.
Huimos al final del continente, allá donde Europa despide el sol y los barcos se adentran en el Atlántico. Se trata del Cabo de San Vicente, donde parece que el faro borró las agujas del reloj y que el viento ensordeció los problemas. Nos renovamos con el aire limpio, con la brisa del mar, con el golpear de las olas en los confines del mapa físico peninsular.
Nos sentamos a mirar el atardecer, como quien envía recuerdos hacia occidente, como quien a lo lejos viera a otro grupo de jóvenes, sentados junto a un faro, al borde de un acantilado, mirándonos a nosotros.
Y resulta tan grande el mar y tan pequeños nosotros, a los que golpea el viento como quien pide explicaciones, que hasta nos cuesta mantener el equilibrio. Algunos pescadores echan su caña, de hilo casi quilométrico, hasta el final del acantilado. El sedal muestra, en su camino, cuevas inventadas por la erosión, casi imperceptibles a simple vista, pero en las que las olas se recrean, tras el contacto con la roca, a cada vaivén del océano.