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De interés turístico en Matswee

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Acampada salvaje en el Delta del Okavango
El Delta desde el aire La fusión entre las aguas del río Kavango y las arenas del desierto del Kalahari constituye uno de los espectáculos más fascinantes que se pueden contemplar en la naturaleza. Procedentes de las montañas de la lejana Angola, las aguas del Kavango, desbordadas de sus cauce debido a las torrenciales lluvias, recorren lentamente más de 1.300 km para acabar creando en medio del desierto un laberinto de pantanos, ríos, canales, bosques ribereños, verdes praderas, lagunas y frondosas llanuras, un ecosistema único en el que la fauna salvaje encuentra su particular paraíso. El gran delta interior, ayer desierto y desolación, hoy exuberante paraíso, recibe anualmente la generosa irrigación del Kavango transformándose en un frondoso oasis, hervidero de vida en el que se concentran unas 9.000 especies de flora y fauna. Los humedales del Okavango llegan a cubrir unos 15.000 kilómetros cuadrados y únicamente sobrevolando a baja altura la inmensa llanura que ocupan se adivina en toda su magnitud la impresionante riqueza de este excepcional ecosistema. Asomados a la ventanilla de una pequeña avioneta cessna contemplamos a vista de pájaro las caprichosas formas geométricas que crea el agua al fundirse con las arenas del desierto, al inundar los secos terrenos formando islas en las que bulle la vida…Como si de un diorama animado se tratase observamos las manadas miniaturizadas de búfalos, elefantes , jirafas e hipopótamos que huyen despavoridos perseguidos por la sombra que proyecta nuestra avioneta sobre la superficie. El Delta desde el agua Tras el emocionante vuelo sobre el “río perdido“ tomamos tierra en un pequeño aeródromo desde cuyas cercanías partiremos a bordo de mokoros hacia nuestro próximo destino, una de las islas ubicadas en mitad del Delta en la que realizaremos una acampada salvaje. El mokoro es una embarcación ligera fabricada tradicionalmente con largos troncos de madera que alcanzan, en algunos casos los 6 metros de longitud; una vez cortado el árbol su tronco es ahuecado pacientemente, actividad que antaño se llevaba acabo aplicando fuego sobre la superficie del mismo con objeto de reblandecer la madera facilitando así su posterior desbastado realizado con pequeñas hachuelas de mano. Sus características hacen del mokoro el vehículo ideal para navegar en aguas poco profundas – como las del delta-. Para desplazarse el barquero utiliza una gran pértiga llamada ngashi con la cual impulsa la embarcación mientras los pasajeros (2 a la sumo más el equipo de acampada) deben procurar no realizar bruscos movimientos para no alterar el delicado equilibrio de la embarcación. Navegamos entre juncos, nenúfares y aguas transparentes, rodeados de fauna salvaje cuya cercanía resulta en ocasiones, cuando menos, inquietante….Hipopótamos, búfalos, impalas y todas las aves que os podáis imaginar parecen no querer perderse nuestra travesía…La respiración entrecortada de nuestro sufrido barquero nos indica que el viaje para él no debe resultar tan placentero, atardece, la temperatura desciende y la superficie del delta se tiñe con los reflejos de los últimos rayos del sol. El Delta desde tierra firme Arribamos a una isla en la cual montaremos nuestro campamento, no hay vallas, no hay recepciones, no hay servicios ni duchas, tan sólo nosotros, la naturaleza virgen y los animales salvajes que la habitan…África en estado puro. Montamos nuestra tienda, cavamos unas rudimentarias letrinas y asistimos alrededor del fuego a la puesta en común de las estrictas normas de seguridad que rigen este tipo de acampadas salvajes… Explorar a pie las tierras del delta es una experiencia única, irrepetible, mágica y no exenta de peligros. En nuestra inquietante caminata a pie de campo, lejos de la seguridad que proporciona un 4x4, observamos la fauna desde una perspectiva diferente, los animales adquieren una nueva dimensión y la descarga de adrenalina es continua. A la caída de la tarde nos topamos con una manada de elefantes, obedientemente mantenemos la distancia de seguridad aprendida la noche anterior, el grupo de paquidermos, integrado por varios adultos y un par de crías, parece ignorarnos por completo hasta que algo perturba su marcha, la matriarca nos ha detectado, quizá el click del disparador de la cámara nos ha delatado, el animal se pone cada vez más nervioso, se separa del grupo y emprende una veloz y amenazadora carrera hacia nuestra posición. Os puedo asegurar que los segundos que duró el “ataque” fueron interminables, jamás olvidaré la agresividad de la acometida de aquel elefante en la que se mezclaban estridentes barritos con convulsos movimientos de trompa y orejas, al igual que siempre recordaré la increíble marca de velocidad que a buen seguro establecieron los dos “ranger” que nos acompañaban al huir a toda prisa del lugar, por no hablar de la cómica imagen que ofrecían mis compañeros de acampada pertrechados unos tras débiles ramitas, tapados otros sus rostros con las bolsas de las cámaras , cuerpo a tierra los más desesperados, petrificados cual estatuas de sal los más insensatos…El miedo se manifiesta en las personas de muy diferentes maneras. Por suerte el animal se conformó con asustar a tan insignificantes criaturas y al sentir su superioridad y nuestro miedo volvió con los suyos… Esa noche en el campamento apenas dormimos recordando nuestra increíble aventura y disfrutando de la noche africana en el delta del Okavango….Algo único…. ¡Os lo aseguro ¡