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De interés cultural en Tamalín

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De interés cultural en Tamalín
Tamalín
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Como desde hace ya cuatro años, volví a Tamalín para disfrutar de la huapangueada que se realiza cada año durante el primer fin de semana de agosto. La fiesta dura tres días y se realiza en la plaza principal del pueblo, aunque yo diría que la fiesta inicia desde que uno va en camino. Tamalín es una pequeña comunidad del norte de Veracruz, cabecera del municipio del mismo nombre, situada a 14 kilómetros de la cuidad de Naranjos, sobre la carretera Naranjos-Chontla. La carretera no está en las mejores condiciones, pero se puede recorrer tranquilamente mientras se observan los hermosos cerros verdes, primeros indicios de la Sierra de Otontepec a cuyas faldas se encuentra Tamalín. También se puede llegar a Tamalín tomando un autobús de la línea “Serranos” en la terminal de Naranjos; el pasaje cuesta alrededor de $15. Uno puede saber que ha llegado a Tamalín —cuyo nombre “completo” es Tlamalinxóchitl— por los arcos de piedra que dan la bienvenida a los recién llegados. Como muchas de las comunidades de la zona, Tamalín es heredera de costumbres y expresiones culturales que definen la identidad de la huasteca veracruzana. Precisamente para reafirmar y compartir esta identidad, fue que hace seis años dio inicio esta fiesta dedicada al huapango o son huasteco. Desde entonces, conocidos y desconocidos son bien recibidos en Tamalín. Al caer la noche, la fiesta cobra vida: Los músicos suben al escenario, los bailadores comienzan a zapatear. ¿Hay que saber bailar huapango? Claro que no. En todo caso, uno aprende en el momento, uno se integra y uno vive y aprende a disfrutar de esta música que caracteriza a la región desde hace más de dos siglos. Alrededor, la gente conversa, canta, ríe, observa, come o se refresca con cerveza o bebidas variadas. Incluso lejos de los escenarios y de las tarimas (que son las tablas de madera sobre las que baila la gente para hacer más sonoro el zapateado) también se toca el huapango, en una esquina de la plaza o junto al puesto de cervezas. Es en estas improvisadas sesiones donde uno puede conocer y admirar las habilidades que los músicos del son huasteco poseen para la improvisación musical y lírica. Jarana, guitarra quinta y violín son los tres instrumentos que sirven para acompañar, a veces por horas, a los repentistas o improvisadores de versos que, enfrentándose en topadas o controversias, van hilando versos y rimas que se dedican al público o que se convierten en verdaderos diálogos y discusiones en las que abunda la picardía o la poesía inmediata. No falta el visitante que agarra la onda, el ritmo, la forma de la rima e intenta soltar sus primeros versos improvisados –aunque no siempre alcance el falsete, modulación de la voz característica de los cantantes huastecos. Generalmente, la fiesta no concluye sino hasta el amanecer. Si a usted le da sueño temprano, en Tamalín existe un pequeño hotel; sin embargo, no faltará tamalinense que, con su habitual hospitalidad, le ofrezca desinteresadamente un lugar para pasar la noche. Durante el día, poco ocurre en las calles de Tamalín. La opción puede ser relajarse en la apacible atmósfera de la comunidad, acostarse sobre el pasto de los jardines en la plaza principal, curiosear entre los puestos de artesanías o, mejor aún, dejarse guiar por el olfato hasta alguna cocina tamalinense. No deje de visitar a la señora Flor Mar Pérez, encargada de la cocina en la casa del doctor Eusebio Antonio Nicanor, iniciador de la huapangueada, pues mientras afuera en la fiesta se refuerza la tradición musical y dancística, en la cocina se vive y se come la tradición gastronómica. Con abrumadora generosidad, la casa del doctor Nicanor abre sus puertas a los visitantes hambrientos. Zacahuil, pozole, adobo, queso o un café acompañado de pan huasteco son algunos de los platillos con los que cada año la señora Flor calma el hambre y alegra el ánimo de amigos y desconocidos. En otras ciudades y contextos pudiese ser demasiado osado entrar hasta la cocina de un hogar ajeno; no así en Tamalín. Sólo hay que vencer la timidez y agradecer con el corazón. No olvide preguntar a la señora Flor por los piques, exquisitez local que se preparan como una especie de tamal cuya masa es mezclada con frijoles y que se sirve en rebanadas tostadas en el comal. Deliciosas e interesantísimas son también las sobremesas y las pláticas con los personajes que coinciden en el comedor de esta cocina: Desde músicos tradicionales hasta cineastas retirados o turistas que por primera vez visitan Tamalín. Por situaciones políticas e intereses misteriosos, este año hubo la peculiaridad de que se realizaran dos huapangueadas a la vez, una organizada por los iniciadores de la fiesta, y otra realizada por el gobierno municipal. Si desea enterarse más acerca de esta situación, puede leer un artículo en la página Tampico Cultural; sin embargo, durante las tres noches de fiesta, en ningún momento hubo la sensación de que existiera allí alguna tensión o conflicto, al contrario, la fiesta fue, evidentemente, más grande. Lo terrible, lo que siempre pasa, es que incluso antes de salir de Tamalín, uno ya comienza a extrañarlo, y cómo no hacerlo si un auto con una bocina avanza por las calles anunciando que todo el pueblo está invitado al cumpleaños de una señora, “la abuelita más abuelita” como le dice su nieta. Lamentablemente, no pude quedarme a la fiesta y sé que hubiese sido bienvenido.