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Cañones en Fanlo

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Cañones en Fanlo
Cañón de Añisclo
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Iba sola y tuve miedo. Es que me había metido en un mundo fantasmal y desconocido. Accedí al Cañón de Añisclo desde Escalona, único acceso posible, y poco a poco me sentí Alicia en el País de las Maravillas. Hacía tiempo que deseaba recorrer este impresionante tajo escondido en el Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido, pero jamás imaginé su sugestiva belleza, la estrechez de la pista, los túneles tallados toscamente en la roca, el bosque cubierto de musgo, el estruendo de las cascadas, el color inverosímil de las pozas del río Bellos. Un detalle que ahora da risa me tenía asustadísima: No sabía que la carreterita tenía una sola dirección. En cada curva pensaba, si viene un coche en sentido contrario qué hago. Entonces, aunque conducía despacísimo, a cada rato tocaba el claxon. Por supuesto, nunca me crucé con nadie, aunque lo atribuí a mi ángel guardián, y no a la sensatez de la Red de Carreteras del Pirineo. En el Cañón es imposible aparcar, aunque lo único que uno quiere es sacar fotos e irse a caminar. Recién puedes detenerte en la Ermita de San Úrbez; desde allí salen senderos a la Ripareta y el barranco de La Pardina. Mucho más lejos -casi 5 horas de caminata- está la Fon Blanca. Confieso que yo no hice nada de eso. Me sucedió algo increíble: Tanta naturaleza en estado puro y la inmensa soledad me inhibieron. Los diez kilómetros de carretera me llevaron cerca de dos horas y jamás vi un ser humano. La sensación era que el río, desde el fondo de la garganta, me llamaba, que los pájaros me hablaban, que los árboles eran extraños seres encantados.