Sin duda, una de las grandes bellezas de la ciudad de Málaga y quizá la que más me atrajo, como un amor a primera vista.
Porque desde fuera ya choca y enamora.
Choca por esas dos torres que parecen añadidas a última hora y que dan la impresión de pesar más que la base, como si esta fuera de mantequilla o crema.
Enamora por la portada que es vecina del Palacio episcopal y que parece no tener ni un centímetro más libre para añadir un poco más de belleza a la filigrana que la conforma.
Por si fuera poco el exterior, dentro no nos espera, como en algunas catedrales españolas la fría y vacía pared, sino muy al contrario, la deliciosa y cálida expresión artística andaluza, arropando retablos de un dorado maravilloso, un órgano que nos eleva hacia el cielo sin siquiera soplar una nota, tiernas y emocionadas representaciones de piedad y devoción, techos altos y de nervaduras simétricas que parecen danzar con nuestros ojos. Pero sobre todo un calor que parece emanar de las supuestas gélidas piedras con las que se levantó sobre la Mezquita Mayor de Málaga.