Una semana en la gran manzana, es toda una aventura. Llegas en una hormiguera, llena de taxis amarillos, de rascacielos, todo es “oversize”, sobre dimensionado, desde las hamburguesas hasta las limos o los paneles de publicidad de Times Square, parece un monstruo que te va a comer vivo, te sientes tan pequeño y después de unos días te duele el cuello de tanto mirar para arriba! Hay un pass muy coneniente que ofrece entradas a los principales lugares turísticos. Me gustó mucho subir a los rascacielos, al Empire State Building y en aquella época a las torres gemelas, al final del día, cuando la ciudad se enciende y los puntitos luminosos de los coches pasean por Broadway y la quinta avenida. En cuanto a los museos fui al MOMA, el de arte moderno, y al Guggenheim, pero el que más me gustó fue el de Ellis Island, la islita al lado de la estatua de la libertad. Ahí llegaban los inmigrantes al nuevo mundo, con sus sueños y esperanzas. Todavía hay objetos personales, así como el registro de las entradas. Además, las vistas sobre Manhattan son maravillosas. Me encantó el barrio de Brooklyn, más tranquilo y artístico que Manhattan, con bellas vistas también hacia la isla.