Caracas
Experiencias de los viajeros en Jardín de las Piedras Marinas Soñadoras (Parque Nacional El Ávila)

Jardín de las Piedras Marinas Soñadoras (Parque Nacional El Ávila)

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Adriana Herrera

¡Para caminar descalzos!

Las montañas siempre tienen su toque enigmático y, como siempre digo, El Ávila tiene el poder de reconciliarnos con la ciudad. Esa montaña tiene caminos escondidos. Muchos dicen que hasta se han visto naves espaciales y aunque no dicen con certeza dónde, no hay que negar que a medida que uno se va adentrando en sus rincones, las energías van cambiando.
Uno de sus espacios más ocultos es el Museo de las Piedras o bueno, vamos a llamarlo por su nombre completo: el Jardín de las Piedras Marinas Soñadoras. La única manera que se puede llegar a este lugar es en carros rústicos, en camionetas que puedan atravesar sin problemas las continuas curvas y subidas empinadas del camino. Hay que comenzar a subir por la montaña y usar un poco el instinto para seguir los avisos que van anunciando dónde queda y una vez ahí, existen cuatro reglas absolutas para poder entrar: la primera, es que ningún hombre puede entrar solo. En el grupo debe estar, al menos, una mujer, porque precisamente el Museo, es un templo a lo femenino. La segunda, es que debemos entrar descalzos. La tercera es que en la entrada se debe armar una "llave" que consiste en poner en equilibrio tres piedras y hasta que ese paso no se cumpla, la entrada no está permitida. Una vez superado esta prueba de tolerancia -porque ese es el propósito- la cuarta regla es que se puede tocar todo lo que se vea.
Este museo fue creado por Gonzalo Barrios Pérez, a quien todos llamamos Zóez, hace poco más de 20 años. Él se encargó de coleccionar piedras del Mar Caribe, y sin intervenirlas, jugar al equilibrio, a crear estaciones para que todos los que visitamos el sitio, podamos divertirnos como niños, pensar en silencio, hacer rituales energéticos.
Zóez siempre está en el museo. Va contando qué significa cada cosa, por qué las piedras tienen esas formas. El lugar es silencioso y es una de esas experiencias raras que se pueden vivir dentro de una ciudad acostumbrada al ruido. Aquí lo único que se escucha son los pasos sobre las piedras, la respiración profunda y el silencio de la tranquilidad. Es eso, Zóez creó un mundo aparte para ponernos a prueba con nuestra paciencia y entrega.
Hay una manera fácil de hacer este paseo y es con el equipo de Fundhea, quienes planean un día entero en el lugar.
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