Conocer a los pigmeos y poder vivir junto a ellos durante unos días ha sido una de las mejroes experiencias que he podido vivir en la vida y me han ayudado a reforzar muchos valores y a aprender muchísimas cosas, sobre todo humanas.
Cada momento era especial, pero lo que más me gustó y sobre todo el recuerdo que se me ha quedado grabado más nitidamente de esta experiencia son los niños pigmeos. Si los niños africanos son maravillosos y poseen una mirada especial y una educación increíble que hace que te planteees muchas veces si nuestro país está avanzando por el buen camino, los niños pigmeos son todavía más especiales y encantadores.
Están muy espabilados y desde muy pequeñitos hacen muchísimas tareas diarias, como por ejemplo, ir a por agua hasta los ríos cercanos. Además, ayudan todo el tiempo a las mujeres en las tareas del hogar y siempre lo hacen sin rechistar, es su obligación.
El resto del tiempo no paran quietos, juegan con todo lo que encuentran y sacan utilidad a todo lo que os podais imaginar. De repente, cogen una rama y la convierten en un momento en una jabalina, tienen una imaginación increíble.
Los niños pigmeos de Gabón están más acostumbrados a ver gente blanquita, pero de todos modos, cuando nos vieron aparecer no se despegaron de nosotros ni un solo momento. Son encantadores y están siempre a tu disposición para todo lo que necesites. Lo que más me gusta de estos niños es su mirada, que se me ha quedado grabada en la mente perfectamente. Tienen una mirada de inocencia increíble, en cuanto te miran sabes que no tienen maldad.
Los más pequeños son un juguete. Te dan unas ganas terribles de quedarte con uno (no se puede por supuesto). Están siempre con sus mamás y cuando te ven se asustan, porque no están acostumbrados a nuestro color de piel. Luego no dejan de mirarte ni un segundo.
Es una experiencia difícil de contar con palabras, hay que vivirla.