Nueva York te cala los huesos.
No solo por ese frío que solo da una tregua unos 3 meses al año y que se agazapa detrás de cada esquina y te corroe los tuétanos cuando menos te lo esperas. Es todo lo demás lo que te cala. Esa sensación de pisar la urbe del mundo, la quintaesencia de lo cosmopolita, la Meca de todos los que hemos sido atrapados por el universo de lo urbano.
Su inmensa retícula de calles numeradas tiene una gran mancha verde que descoloca su pose urbanita, Central Park. Un pulmón vegetal que podría ser una ciudad entera con sus habitantes -miles de neoyorkinos estoy convencido de que nunca salen de allí, sus avenidas verdes, recorridas por super-equipados deportistas aficionados y su vista del skyline que contrasta brutalmente con los gigantes arbóreos del Parque.
Pasear por sus anchas avenidas puede ser un insólito viaje, the Chinatown al SOHO, de Tribeca a la Bahía, pasando por un museo que en continente y contenido es frankamente apasionante. El Guggenheim de Nueva York, con sus hipnóticas curvas y la Planchadora de Picasso.
Nueva York te cala los huesos. Y cada vez que vuelve el frío, las articulaciones te recuerdan que debes volver a allí.