Como todo lo que rodea a las dunas de Erg Chebbi, la humilde aldea de Hassi Labbied parece una alucinación. ¿Existirá lo que estoy viendo?, me pregunto. Pero de pronto suena la llamada a la oración desde el minarete de la mezquita, veo sombras envueltas en chilabas oscuras, escucho los cencerros de un rebaño de cabras: Hassi Labbied es real.
En este mundo lejano e hipnótico se han instalado Isabelle y Rachid. Lo de Rachid, de sangre bereber, es normal; lo de Isabelle, francesa hasta la médula, es un milagro. No quiero contar intimidades, sólo diré que Isabelle, trotamundos, se enamoró de Rachid y se quedó aquí. Su kasbah es sencillísima, despojada, preciosa. A pesar de que es pequeña, el viajero es siempre bienvenido: Si no hay habitaciones, duermes en la sala o en la gran jaima armada en la arena.
¿Qué tiene Sable D'Or que lo hace inolvidable? Pues precisamente sus dueños. Rachid ha pasado por increíbles experiencias y habla mil idiomas aunque nunca fue a la escuela. Isabelle prepara platos marroquíes con un delicioso toque francés. Es fantástico verla a la hora de la cena. Olvidada de su pelo claro y de sus ojos celestes, se pone una chilaba preciosa y sigue los rituales de su marido. Luego de un cous cous y de una tarta de manzanas, junto al té llega la hora de la charla. Entonces la noche estrellada y silenciosa de Hassi Labbied se llena de apasionantes anécdotas de viajes y fascinantes historias de vida.