En una ciudad en la que prisa marca el ritmo de la vida, hay un rincón en el que te puedes proteger del ruído, de los problemas, de los atascos y hasta olvidarte del paso del tiempo.
Tumbada en la hierba, contemplando el atardecer, el rojo invade las fachadas de los rasacacielos de la capital del mundo y las luces del Puente del Brooklyn empiezan a iluminar mi momento de paz.