Amo al poeta que amó tantas cosas. Amo al niño que juega y no es niño, es el hombre que no dejó de ser niño. Amo las palabras, pequeñas perlas heredadas de toscos conquistadores. Aun desteñidas en verde, no llegaron a rozar el alma de su dueña. Amo su casa, que mira el mar desde la orilla del Pacífico, donde descansan mascarones de proa que lloran cada invierno por volver al agua salada. Amo su último lecho, el más bello, el que escucha las constelaciones de estrellas del sur. Si es necesario 'confesar que se ha vivido', él debe estar perdonado de toda culpa. Vivir con tanto arte dentro, pese a estar equivocado, es vivir a lo grande.