Campamento en el fondo del Cañón del...
Campamento en el fondo del Cañón del Colca, 4 menos cuarto de la madrugada, todos arriba. Es completamente de noche, desayunamos panqueques con bananas y litros de té de coca, preparándonos para la falta de oxígeno que supondrá la trepada. A diferencia del segundo día de trekking, todo en bajada, hoy nos toca subir. Nadie habla, no se ve nada, seguimos a Elías. La luna casi llena en el cielo, linternas alrededor de la frente, subimos a esa hora para evitar el sol y el calor. Pero 100 metros de caminata y ya estoy transpirando. Me digo que no sé cómo voy a hacer para llegar. Sigo, el grupo se separa, algunos se adelantan, otros quedan muy atrás. Sigo, me acerco a la luna, llego a la altura donde flotan las nubes, el corazón parece que me va a estallar. Desde algún lado llega un poco de claridad. El sol, atrás de las montañas, comienza a salir. Me detengo, tomo agua. Paso a paso, me digo, como un chamán me enseñó en Machu Picchu.
Subir mil doscientos metros casi verticales es mucho. Especialmente cuando esos 1200 metros ya están a una altura considerable sobre el nivel del mar. El calor selvático que sentí al principio se perdió a medio camino. Más arriba me doy cuenta de que no puedo mover los brazos ni las manos. Simplemente no los siento. Vuelvo a ponerme la ropa que me saqué, pero está empapada y no me sirve de nada. Finalmente llego. Arriba me esperan dos de mis compañeros. Les digo que me voy al pueblo. Necesito calor. Camino de vuelta entre los maizales, llego hasta donde están las mulas con mi mochila, me cambio de ropa, me pongo mi chaqueta, gorro y guantes. Parezco una demente: En el pueblo de Cabanaconde andan todos en camiseta.
Elías me dice que me ha bajado la presión. En la 4x4 me quedo dormida; al rato ya me siento mejor.
La vuelta a Arequipa es lenta y plácida. Paramos en varios pueblecitos, recorremos los mercados, comemos en el mismo restaurante de Chivay y terminamos el día en unas piletas naturales termales. Lo pienso dos veces, pero con la suciedad que tengo encima qué más da. Así que termino flotando en una piscina de agua hirviendo con olor a azufre rodeada de extranjeros que también anduvieron por el Colca y de cholas de largas trenzas retintas que, sorpresivamente, sin pudor, se bañan en ropa interior.
Sucia, con olor a azufre y ya acusando los estragos de tanto esfuerzo en mis músculos, llegué a Arequipa.
Un ducha de 30 minutos, mi champú, mi jabón, y ropa limpia en mi humilde hostal fueron el colmo de la felicidad.