Mi viaje a Boracay es una de las experiencias que jamás olvidaré en la vida. Aterrizar en ese pequeño aeropuerto perdido en medio del mar, ver cómo desde el primer minuto se desviven por complacerte, cómo te conducen hasta tu alojamiento situado en esa otra pequeña isla que está frente a tus ojos... La gente que ahí vive se vuelca con sus visitantes, incluso cuando ellos viven con lo justo, en pequeñas casas a medio construir algunas veces. El turismo en ese pequeño rincón de la tierra llamado Boracay lo es todo. Pero no es aquel turismo que lo invade todo, si no aquel que sigue guardando un respetable equilibrio con el entorno para que jamás se pierda la magia de ese lugar perdido. Ahí el Sol te recibe mucho antes que en el resto de lugares que he podido conocer y los días parecen siempre empezar un par de horas antes de lo planeado. Ahi la vida es tranquila, pero tambien está llena de exotismo, de mil cosas y costumbres que descubrir en sólo 10 kilometros cuadros.
Boracay es un paraiso que aún estando explotado y dirigido al turismo no ha perdido jamás la esencia de esa palabra: Paraiso