Estas piedras me pertenecen. Porque las descubrí yo. O quizás porque cientos de personas las vieron antes que yo pero nadie les prestó la mínima atención. “Siempre estuvieron ahí”, dice alguien que las conoce desde que nació y de eso pasa ya el medio siglo. Pero ahora son mías. Del objetivo de mi cámara y del objeto de mi interés. ¿Quién traería unas piedras tan enormes al medio de la nada? ¿Y de dónde vendrían esas piedras?
Están ordenadas de forma circular, y unas encajan en otras, por lo que está claro que es la construcción de algo. “De un chozo o una vivienda antigua”, digo yo, pero me contestan que los chozos no se hacían con piedras.
Me consta que el siglo VII antes de Cristo, esta tierras las pisaban los fenicios y, antes de la orientalización que trajeron a las orillas del Tajo éstos, los tartesos poblaban estos terrenos. Es extraño. Tanto tiempo atrás, tantos pueblos que vivieron en una tierra que probablemente nada tenga que ver con la que piso en el siglo XXI.