Probablemente no hay animal más bello que el caballo. Acostumbrados a verlos, quizás no nos llame la atención la elegancia y finas lÃneas de cualquier equino. Imagino la cara de aquellos americanos que vieron llegar a los conquistadores extremeños a lomos de caballos como estos, que pusieron los primeros cascos sobre tierra americana.
Es más, que galparon como dioses sobre aquellos paisajes vÃrgenes del Nuevo Mundo. Estos, me hayo yo mi propia consideración, son descendientes de aquellos y pastan en campos extremeños acostumbrados a la presencia humana pero aún sin domar.
Los más bonitos son los potros, seguros en un mundo que no conocen más alla que de los pasos de su madre. Yo también camino en un mundo maternal y disfruto del refugio de unos pasos conocidos, del silencio de un mundo al que no llega el ruido. Silencio mi cabeza.