El peregrino que hoy llega a visitar el Santo Sepulcro queda un tanto descontento (por lo menos yo) al encontrar un edificio tan sagrado, dentro de las murallas, oprimido en un barrio estrecho de casas apiñadas y callejuelas angostas, cuando viene ilusionado pensando en un campo abierto, en un monte libre, en un huerto limpio, en una tomba silenciosa y apartada excavada en la roca; y no menos confuso ha de sentirse al entrar en la Basílica del Santo Sepulcro y darse de bruces con la complejidad y conjunción del edificio.
A pesar de ello, es impresionante el impacto visual, emocional, lógico y visceral que te embriaga al entrar en la basílica parándote frente a la tumba de Jesucristo.
¡¡Impresionante!!