Una de las experiencias más brutales y más fascinantes que he tenido en mi vida. En Antigua hay decenas de ofertas de excursión (minibus ida y vuelta, guía y entrada) por precios muy asequibles. UNO NO SE PUEDE IR DE ANTIGUA SIN SUBIR A UNO DE SUS VOLCANES EN ACTIVO. No creo que en muchos lugares del mundo se puedan hacer unas chuletas asadas en la lava del volcán... Aquí está mi relato de lo que fue el volcán Pacaya:
"No hace buen tiempo esta mañana. Los volcanes que circundan Antigua están semiocultos por las nubes. Desde mi balcón sólo se distinguen algunos picos rompiendo la bruma. Pero a pocos kilómetros de la habitación, los ríos de lava siguen avanzando… El volcán Pacaya despierta, despacio, somnoliento. Al igual que los árboles Ent de Tolkien, Pacaya se reviste de un tiempo que no es el de los hombres. Lleva veinte años desperezándose. Antigua es la ciudad frontera entre estos dos tiempos. Hacemos honor a la curiosidad –o soberbia- de nuestra raza y decidimos cruzar el umbral. Un, dos, tres y…
A pocos kilómetros el suelo es negro. Eso que piso es piedra fundida, un extraño chirriar me lo recuerda. Negro y verde. La vegetación nos cierra el paso, pero la curiosidad es cada vez mayor y cruzamos. Pareciera como si la piedra, ya tibia, se quejara en mis botas. No estoy cansada pero respiro algo deprisa…
Ahí, justo al otro lado de la colina, está el volcán en erupción. Un pensamiento infantil me viene a la cabeza: ¿no puede ser que el agua apagara al Pacaya? Porque tanta niebla hay, que no vemos nada. Nuestro guía, Edwin, me mira, como si escuchara lo que pienso. Estalla en carcajadas y nos manda bajar la colina, acercarnos, acercarnos…Huele a azufre, las gotas de mi chubasquero desaparecen, un extraño golpe de calor despeina mis trenzas. Acercarnos… Nos hablaron de llevar buen calzado, ahora lo entiendo: el calor del suelo funde las suelas. Ese suelo que comienza a resquebrajarse, veo líneas rojas a cada paso. Estamos andando por encima de la lava. Se oyen los borbotones, muy tenues. Los quejidos de la piedra persisten.
Ya no queda agua: llegamos al río. Quisiera acercarme y tocar y aplastar y masticar esa lava fundida, que avanza despacio, despacio. La sangre del volcán fluye sin prisa. Quisiera comérmela. Si una hoguera ejerce atracción a quien la mira, el hechizo de la lava es infinito. Quisiera tirarme en ella y sentir como se amolda a mi peso… Y a mi tiempo: tal vez obtener el mayor de los poderes.
- ¿Quieren mirar para acá?
Edwin introduce una rama en ese inmenso chicle rojo. Envidio a la rama… Dos segundos. Eso es lo que tarda en arder. Me conformaré con hacer fotos y asar nubes de caramelo. Porque la del volcán no es la sangre de mi sangre, fue soberbio pretender pasar el umbral. Y es tanto el calor que los ojos se nos cierran instintivamente, para no perder su humedad. Se oye el desprender de una roca. Cae despacio. Mis pantalones echan humo. Despacio. Somos todo agua –o como dicen acá, puro maíz-. Y ahora estamos en el puro fuego, Moria, las puertas del Hades… Mis brazos echan humo. La sangre del volcán y la sangre de mi brazo no pueden tolerarse más. Vuelve a mi mente otra pregunta infantil, ¿y si fuera el fuego el que estuviera apagando al agua? Ahora es fácil comprender a Empédocles: Aire, tierra, agua y fuego serán siempre contrarios. Quizás por olvidar esto, a Orfeo se le castigó tan duramente cuando quiso cruzar la Laguna Estigia. El agua soberbia de los hombres, que intenta contener al fuego.
-¡Apúrense! ¡Pronto no habrá camino!
Pensé demasiado tiempo. ¡Casi quedo rodeada por lava! Sigo a Edwin por el estrecho camino de materia sólida que aún nos queda. Un sonido hueco acompaña mis pasos. La roca se queja de nuevo, cada vez más frágil. ¿Y esa grieta?…………. "