Las calles de Bruselas son grises, limpias pero algo desgastadas. Tiñen sus aceras ese color pardo que refleja el cielo, como si la amenaza de lluvia fuera perenne. Salgo de mi portal en verano, con sandalias, hace buen tiempo. A los tres segundos me ha caÃdo un chaparrón encima que me obliga a usar de nuevo el secador.
Otra caracterÃstica es que no todos los dÃas puedes sacar la basura y el dÃa que toca, todas las aceras están plagadas de bolsas. Todas iguales, porque se han de comprar asÃ, a modo de tasa municipal. Dicen que si no usas la bolsa correcta pueden subir a tu casa y multarte. ¿Cómo averiguan que es tu basura? Abren la bolsa y le examinan las mondas de mandarina, imagino, y mientras, los detectives especializados en basuras siguen instruyéndose en la materia. Materia residual, sÃ, pero al fin y al cabo materia.
También existe una solidaridad explÃcita en estas aceras que a continuación explicaré. Bruselas es una ciudad muy de paso, de contratos temporales y becas, por lo que las mudanzas son frecuentes. AsÃ, quien se va deja en la puerta de su casa el mobiliario y demás enseres que ha ido acumulando y que no se puede o no se quiere llevar.
Entonces, los que llegan nuevos a la capital belga recogen lo que les viene bien para ir amueblando su apartamento recién alquilado. A mà me dieron un armario, pero sin pasar por el trámite portal de la acera, ya que me lo ofreció directamente el becario de mi empresa que se iba. Era un armario de esos tipo tienda de campaña con cremallera y tres perchas. A mà me hizo mucha ilusión. Cuando me fui se lo dejé a la nueva inquilina de mi apartamento, una amiga italiana que, con mi partida, mejoró sus condiciones de vida.