Son las nueve de la mañana. Un tren abandona Orleáns y el río Loira para dirigirse hacia París. Estamos en 1900 y este tren no parará en el suroeste de la capital, en Austerlitz, como siempre ha hecho, sino que llegará al centro, a casi tocar el Sena y saludar Les Invalides y el Louvre.
El viaje no es largo, unos 140 kilómetros, pero los paisanos de Juana de Arco visitan con gran alborozo Paris en esta ocasión, ya que, además de conocer la nueva estación, acudirán a la Exposición Universal.
Un gran reloj les da la bienvenida a París, marcando fielmente cada segundo del nuevo siglo. “Este será el siglo de la paz y la prosperidad”, dice un señor señalando el reloj desde los andenes. Nada más alejado de la realidad, le contestaría hoy uno de los miles de turistas que llenan la misma nave, pero hoy convertida en Museo d´Orsay.
Por fin, y tras años en los que no saber donde ubicar a los impresionistas, encontraron su sitio entre las viejas paredes de aquella estación abandonada. Los cambios en los raíles y otras circunstancias inutilizaron la céntrica estación que estuvo al borde de la demolición.
Suerte que siempre haya quien defienda los edificios emblemáticos de las ciudades, y, en esta ocasión, de la arquitectura genuina de París. Así que se le dio un nuevo uso que ha sido todo un acierto turístico y cultural para la ciudad. Desde hace casi treinta años, el viejo reloj marca los segundo al compás de Monet, Manet, Van Gogh y tantos otros pintores del siglo XIX. “Este será un gran siglo”, dice un turista al cruzar el año 2000. “Está por marcar en mi esfera”, contesta el reloj silencioso y mudo.