Me parece una obra de arte. Entiendo que choque, que no guste, que haya a quien no le apetezca este amasijo de colores y tuberÃas en medio de la idÃlica ParÃs. Pero yo disfruto de la contrariedad y del oportunismo de traer un centro cultural fresco y atractivo al centro de la capital.
Tocan timbales y la gente se sienta a leer, a escuchar música, a ver algún espectáculo callejero o a no hacer nada. Se sientan en el suelo, que en la explanada enfrente del Pompidou, además de gratis, es peatonal. Siempre se acerca alguien a molestar con preguntas absurdas, como quien quiere ligarse al turista de paso, o vendiendo cds. Yo no hago caso a nadie y sigo con la vista las tuberÃas. Una amiga me cuenta algo intrascendente que le sucedió hoy.
A mi amiga no le gusta el edificio, demasiado estridente, chilla a todo lo que le rodea, dice ella. Sin embargo, como a mÃ, nos gusta los teatros callejeros que aquà se montan. Suspiro. Me pregunta que qué pienso. Le contesto que no me moveré de aquà hasta que no salga una planta del macetón dorado. Se rÃe. Qué boba eres.