Lo primero que me impresionó de Paris fueron sus aceras. La mayoría son grises y feas, no propias de una ciudad con tanto renombre. No tienen baldosas, tan sólo son una capa de alquitrán uniforme.
Lo segundo que me llamó la atención fue que llovía, que llovía mucho. Todo el mundo se imagina un Londres lluvioso y oculto en niebla. Pero Paris, la radiante, romántica y bohémica Paris, suele bañar puentes, torres y palacios con una lluvia excesiva casi insospechada. Dicen que es el gran secreto de los parisinos.
Pero aun así, quien vive en Paris siempre disfrutará de las aceras del Barrio Latino al amanecer, solitarias salvo por las palomas que despiertan y levantan su vuelo al paso de los viandantes que, tras una noche de insomnio festivo acuden a desayunar a la Rue St. Germain. Yo fui feliz allí, pese a la lluvia y las aceras de alquitrán.