Apenas podíamos andar. La primera vez que veo a un policía regulando el tráfico humano. Específicamente se podría decir que regulando al turista. Sí. De entrada, el turismo en carnaval veneciano me pareció una marabunta de guiris con cámara en mano en busca de cualquier disfrazado con el que poder fotografiarse. También cómo no, había españoles, vestidos de pitufos y sanfermines, haciendo el payaso en pleno San Marco, como si la chirigota, los berridos y el botellón fuera parte del carnaval veneciano. Y no es así, sino todo lo contrario.
El carnaval veneciano es lento y silencioso, como lo es el paso de las góndolas por los canales. Es misterioso, intrigante, hermético. Digno de ver. Una vez superado esos primeros momentos caóticos, los canales te llevan a otra Venecia, a otro ambiente festivo que te hace flotar, andar muy por encima de las pequeñas aceras, de los puentes, de las calles tam pequeñas y ocloridas. Entonces, Venecia, en vez de hundirse se alza. Yo me veo en las nubes, en mi nube, al recordar Venecia, aunque sólo durara un día.